Desde las orillas de un lago sureño, bajo la luz diáfana de la cordillera, en diálogo con el agua salada y revuelta de la costa chilena, o sumida en la naturaleza susurrante de un bosque valdiviano, Catalina Valenzuela tira líneas -en pastel, oleo, con la cámara, o en cerámica. Líneas que son manos extendidas, preguntas lanzadas, intentos por conectar con esos ritmos eternos y efímeros, ordinarios y sublimes, internos y externos. Conectar, en latín, es anudar, juntar. La mirada de Valenzuela junta lo que se ha soltado: nosotros y el mundo. Lo suyo es un compromiso artístico, físico y espiritual con esta tierra que a ratos olvidamos; con el murmullo insistente de arenas, árboles, ríos, playas, piedras y amaneceres que la implican como una picazón que no da tregua, un nervio expuesto que siente demasiado, un sur inalcanzable. Cada gesto que inscribe es un intento por re-conectar-nos, re-anudar-nos con la maravilla de lo etéreo, indescifrable, incuantificable, y al mismo tiempo espectacularmente común, compartido, abierto, público.
La eterna dicotomía entre abstracto y figurativo desaparece cuando pensamos en un amanecer. ¿Qué es más material que el golpe de luna sobre aguas encabritadas, o el brillo danzante del sol en la piedra? ¿O el calor nos hace sentir la llama tenue de una vela? Esos son los caminos que recorren las obras de Valenzuela, que se preguntan por la dignidad del agua reposada y las atmósferas en el cielo. Se queda en la incomodidad de lo ambiguo y móvil - de un destello, una cascada, una constelación, convencida de que no hay agote, solo ciclo. No hay intentos por definir, atrapar, o contener, no hay miedo a la mentira moderna de lo exacto; es consciente de la imposibilidad inherente de la tarea, como quien construye castillos a la orilla del océano ¿Cómo pintar el romper del amanecer, la amenaza de la penumbra, el absoluto del mediodía?
Cada pincelada, cada tanteo de la cerámica, cada instantánea en la cámara, nos obligan a prestar atención, a convertirnos un poco en otra cosa. La atención profunda, esa que nos roban los apuros y compromisos, las tecnologías y los plazos, es un afecto que moviliza a Valenzuela a buscar nuevos nombres, imágenes, texturas y colores para honrar eso que vemos, tocamos, escuchamos, saboreamos, acercándose a lo esencial, cuidadosa pero nunca exhaustivamente. Atención, en latín: estirarse, tensarse hacia algo. Convertirse un poco en otra cosa, para asirla, para anudar-nos, aunque sea por solo un momento. Mirar el mar es ser mar; sentir la brisa es ser brisa. Cada obras es el remanso de un rio que no deja de avanzar, una vasija que espeja el cielo o la arruga de la brisa; el eco o las corrientes subterráneas de alguien que pasa.
Inevitablemente, cada re-presentación es producto de una fenomenología personal, un diálogo sagrado e íntimo con el palpitar de la vida. Percibir: del latín recopilar, por completo. Resuena la radicalidad de ese “por completo” que exige la percepción: ver y ser vistas, abrir los poros, habitar en profundidad un mundo al que olvidamos prestar atención. Un mundo del que somos parte no como protagonistas, sino que como contingencia, chispazo, movimiento en una coreografía que nos trasciende. Un diálogo que exige silencio y recogimiento, para honrar el despliegue incesante de todo aquello que es, pero que inevitablemente cambiará. Por eso son obras que fluyen y exhalan; en sí mismas son difíciles de aprehender, sutiles y diáfanas. Rehúyen el estruendo para quedarse en el huidizo ahora - que no es más que la intensidad del presente.
El trabajo de Valenzuela nos permite abrirnos a otros mundos, revelando órdenes de cosas que no existen ni para nosotros ni por obra de nosotros, y que, por esa misma razón, pueden renovarnos, sostenernos, nutrirnos. Nos invitan a habitar umbrales que nos enseñan que contemplativo y móvil no son antónimos; que el absoluto se puede esconder en la más cotidiana de las experiencias; la titilante agua fría, la luz salvaje de la luna, el rugido de una cascada, el ritmo de un corazón que late, la aurora que rompe la noche, el recuerdo que colorea la tarde.
Victoria Guzmán
marzo 2024